Hace mucho, mucho tiempo, cuando los reinos micénicos fueron invadidos por los dorios, se iniciaron cambios que modificaron totalmente la relación entre los hombres y al hombre en sí. Pasaron más de 600 años, un largo proceso, para llegar a un sujeto ciudadano, sin sometimiento a un rey divino, un sujeto que podía opinar y decidir mediante el uso del debate, de la palabra, con otros, en asamblea. Esta es la historia historizante.
No se menciona qué pasaba con las mujeres, los niños, los esclavos, las sirvientas, etc, etc. ¿Dónde, en este universo de la Pólis, de la isonomía, ubicamos a estas mujeres, niños, hombres?
¿Qué se rescata, qué se resalta, qué se olvida, cuando contamos una historia?
¿Y cuánto de esta mirada queda incorporada en nosotros como la única y verdadera?
¿Y esto cuánto nos afecta?
Creyendo que la vida de los elegidos, de los poderosos por apellidos, por tierras o dinero es la única valiosa, dejo de reconocer que durante cada día, cada gesto, decisión, cada acción de cada uno de los que formamos parte de esta o cualquier sociedad se va escribiendo una historia, la nuestra, la de los que me rodean, la de la humanidad toda.
Así arrastramos muchas creencias que obstaculizan sin darnos cuenta el desarrollo pleno de nuestras potencialidades.
Situándonos en nuestro tiempo y espacio, moviéndonos a con-ciencia, reflexionando para encontrarnos, podemos hallar otra forma de transitar caminos, buscando el propio, conociéndonos para poder elegir cómo queremos realmente vivir, construir y re-crear nuestro futuro.
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